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    Al otro lado del charco

       Abril de 2015

    Tengo miedo a los espíritus, esa frase estuvo resonando todo el día en mi cabeza. De camino hacia el hospital una de las niñas me dijo “hoy he dormido mal, tenía miedo”, a lo que yo le pregunte, ¿por tu bebé que está hospitalizado?, dijo “no, por los espíritus”.

    Curioso el ser humano, extraña respuesta a mi entender, o no, ¿a qué debe temer una niña de trece años?, a eso, películas de vampiros, fantasmas, espíritus…¡claro! Si no fuera porque esta niña ha tenido una vida muy difícil, mama a los trece años, un parto prematuro y gestionando todo ello con esa edad.

    Parece impensable pero es así, pensé que me diría que tenía miedo a que no sobreviviera su bebe, pesadillas con las vivencias personales, por la separación de su familia…mil cosas, pero en el fondo es una niña y como tal tiene miedo a la oscuridad.

    No quiero se mal interprete, esto no es la tónica de Cusco, o de Perú, es como si dijéramos que ciertas situaciones de barrios marginales es reflejo de todo Madrid o España, pero sí, aquí y allá son realidades que existen, que no es lo general pero están y reflejan parte de esa sociedad que llamamos en riesgo de exclusión.

    Lo que más sorprende es la manera de trabajar, y la diferencia de concepto de exclusión, acá las personas a las que se engloban en este término tienen una problemática muy dura, pero como en todos los lugares existen recursos que dinamizan y articulan proyectos que acompañan a esta realidad. La casa de acogida Mantay -mamita en Quechua, es uno de ellos. Durante la estancia, las madres adolescentes y sus hijos, tienen cubiertas sus necesidades de vivienda, alimentación, salud, educación, afectivas, psicologías, legales, lúdicas y de capacitación técnica, para que cuando alcancen su mayoría de edad logren ser mujeres independientes y empoderadas.

    Curioso también la autonomía con la que funcionan y como salen adelante las tareas del hogar, crianza, estudios, tiempo para el ocio y todo ello con adolescentes. No es que no haya sus más y sus menos pero al principio me parecía imposible que las menores pudieran llegar a gestionar tantas cosas, aunque fuera con apoyos.

    Las injusticias enervan, la realidad frustra, pero cuando llega la noche y la casa se calma, vas a dar las buenas noches, echas unas risas con esas jóvenes y alguna gracieta a sus hijos e hijas, todo se normaliza, aceptas sus realidades, y caminas con ellas. Por supuesto sin dejar de reivindicar sus derechos, injusticias, de dar todos los pasos legales…pero aprendes a convivir y desde pequeñas acciones intentas promover cambios.

    Algo importante es como se respetan sus ritmos, se les acompaña en esa maternidad temprana en su aceptación o en la posibilidad de otras alternativas como una posible entrega en adopción, sin culpabilizarse pues ya bastante tuvieron con la situación que la vida las hizo pasar, se las acompaña en todo. Hay mucha humanidad, la mama de esa menor que come ella y sus otros cuatro hijos de la gelatina que vende, sin conocerte, solo con la referencia de que eres de Mantay te ofrece un vaso, aquí negarse a comer es una falta de respeto…pero lo poco que tienen lo comparten. Las cadenas de favores que se hacen las chicas, las ganas de seguir, te dan lecciones cada día, se respetan sus ritmos, sus realidades y muy poquito a poco se les muestran otras vías, caminos, alternativas.

    Las luchas están en distintos aspectos con las menores, con las instituciones públicas y hasta con el propio reconocimiento a la profesión de educador, educadora aún sin reconocer.

    Como en toda ciudad sus dos caras están latentes, la desarrolladas, especialmente en Cusco el turismo de los Incas, la Pachamama, los centros comerciales…el todo y la nada. Lo que queremos ver y lo que escondemos. Claro, Cusco te ofrece la posibilidad de evadirte, de estar en esa otra parte de la sociedad que hay, te sientes bien y lo necesitas para cuando llegas al hogar mostrar tu mejor sonrisa, tu profesionalidad y decir, vamos hacia adelante, caminando, respetando tu realidad y tus costumbres. Acá, allá los que trabajamos en lo social buscamos promover otros valores y sistemas que no hagan que estas diferencias tan gravosas se den dónde vivimos. Visualizarlo es el principio, revisen sus actos del día a día, promuevan el cambio, empieza en cada uno de ustedes.






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