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    Lenguaje y resistencia II: Utopía

       Noviembre de 2008

    UTOPÍA

    Pocas palabras hay que se hayan desprestigiado tanto como la palabra utopía. Y, no obstante, pocas necesitan tan urgentemente ser recuperadas en nuestro lenguaje habitual, en nuestro lenguaje de resistencia. La palabra utopía ha sufrido un desgaste permanente por parte de los ideólogos del sistema neoliberal, con la intención de desactivar la fuerza revolucionaria que encierra. La primera manera de anular la palabra utopía ha sido haciéndonos creer que utopía es sinónimo de imposible, idealista y, por tanto, cosa de tontos e ingenuos. En este sentido, ser utópico es no tener los pies en la tierra, tener ideas estúpidas en la cabeza, decir insensateces. Pero el sistema ha dado un paso más: por si acaso no fuera suficiente comparar la utopía con lo absurdo, se ha pretendido identificar la utopía con los beneficios materiales. De ese modo, la utopía, el sueño, es llegar a tener un magnífico coche, una televisión de plasma, el móvil de última generación y unas vacaciones en Bali. No es de extrañar que, hace unos día vi un spot publicitario que, bajo el lema del mayo del 68 “seamos realistas pidamos lo imposible”, anunciaba un coche. Esa es la táctica: la utopía se identifica con la sociedad de bienestar y consumo. Tales manejos no pueden sorprendernos, pues es sabido que el sistema neoliberal pretende pervertir las palabras otorgándoles un sentido que actúe en beneficio propio. Ahora bien, lo que es más difícil de comprender es que la palabra utopía también se haya desvirtuado entre quienes se mueven en el ámbito de las ong´s y la cooperación al desarrollo. Efectivamente, hay ong´s que parecen tener como meta obtener los dineros suficientes para entrar dentro de la cadena productiva y comercial del sistema capitalista, para competir y medrar como uno más. Otras, increíblemente, cifran su sueño en llegar a extender por los países del Sur el modelo económico del Primer Mundo, sin darse cuenta, no sólo que sería inviable desde el punto de vista de la disponibilidad de recursos, sino que, además, es precisamente ese modelo el que ha provocado la existencia de dos mundos separados por un abismo de injusticia. También es cierto que hay muchas ong´s, con su mejor buena voluntad, que ni quieren extender el sistema, ni tampoco afanarse por conseguir dinero, sino tan solo ir poniendo en marcha pequeños proyectos aquí y allá, sin más pretensión de cambio estructural del sistema. Su utopía, esta vez pienso que ciertamente demasiado soñadora, consiste en creer que el sistema neoliberal se cambiará como por arte de magia, de forma natural y espontánea.

    En definitiva, malos tiempos para la utopía. Porque, ¿qué es la utopía? Para recuperar el sentido auténtico de la palabra habría que remontarse a la obra de Tomás Moro quien escribió un libro que lleva ese título: “Utopía”. Este filósofo renacentista tuvo un sueño, soñó una sociedad ideal y la plasmó en un libro donde se describe dicha sociedad, situada en una isla. “Utopía” era una comunidad de ciudadanos que vivían en casas iguales, trabajaban por turnos idénticos y dedicaban su tiempo libre a la lectura y el arte. En “Utopía” toda la organización social se encaminaba a resolver las diferencias y a fomentar la igualdad. En la isla imperaba una paz total y una armonía de intereses fruto de la equitativa distribución de la riqueza. Increíble, ¿verdad? Así es. De hecho, utopía significa “sin lugar”, “lugar que no está en ninguna parte”. ¡Ya estamos con los soñadores! ¿Es que acaso sirvió de algo este libro de Tomás Moro? Quien sabe. Es como todos los libros de los filósofos. Parece que no sirven para nada, pero son las ideas las que cambian el mundo. Poco tiempo después de la obra de Tomás Moro, los jesuitas quisieron crean una “isla” de justicia e igualdad en el Paraguay, en territorio del poderoso imperio español, del reino de Portugal y de los intereses de Papa de Roma. Frente a los grandes poderes de la época, que ejercían la esclavitud, la explotación y la discriminación por doquier, aquellos jesuitas crearon las “reducciones del Paraguay”, que, con sus fallos inevitables, pretendieron establecer un lugar autónomo para los indígenas, donde éstos pudieran escapar de la esclavitud, vivieran según sus costumbres y se desarrollaran libremente como pueblo. Fueron eliminados. Sí, ya sé que se dirá que todas las utopías terminan igual… o no. Aunque queda mucho por hacer, se ha avanzado mucho en temas como la esclavitud, el reconocimiento de otras culturas y de los derechos indígenas. Los frutos no siempre vienen como cuando queremos ni como queremos. La historia tiene sus tiempos y sus modos.

    Por eso, dado un paso más, en el siglo XIX la utopía todavía seguía viva. A la par que el movimiento obrero iba cristalizando, espoleado por la brutal opresión a la que eran sometidos los trabajadores por los patrones capitalistas, surgieron movimientos idealistas que se atrevieron a soñar una sociedad distinta, donde todo funcionara de otro modo. Así nació el socialismo utópico. Robert Owen, por ejemplo, trató de llevar a la práctica sus ideas sobre la organización del trabajo y la distribución de la riqueza, estableciendo el seguro social, bibliotecas, escuelas para niños y adultos, y otras prestaciones para los obreros, en una comunidad a la que llamó New Harmony (el nombre ya lo dice todo). Otras ideas semejantes fueron llevadas a cabo en los falansterios de Charles Fourier o en las comunidades de Henri Saint Simon. Siempre se podrá argumentar diciendo que fracasaron. Pero todo depende de cómo se mida el fracaso. Ideas como la igualdad de hombres y mujeres, el sufragio universal, la jornada laboral con un número limitado de horas, los seguros de desempleo, enfermedad y jubilación, el derecho de huelga, etc. etc. son conquistas de soñadores que lucharon por ver un mundo donde las cosas fueran distintas. Muchos no lo vieron. Nosotros sí (aunque algunas conquistas parece que estamos a punto de perderlas…).

    Ya en el siglo XX a un loco soñador se le ocurrió la feliz ingenuidad, es decir, la utopía, de que se podían alcanzar logros políticos mediante el diálogo y la no violencia. Según él, no había que matarse para conseguir lo que uno quería. Decir esto, cuando el mundo entero salía de una guerra que dejaba tras de sí 40 millones de muertos, era cuanto menos, sorprendente. Y resultó. Gandhi no sólo logró la independencia de la India sino, lo que es más importante, demostró al mundo y a la historia que, de ahora en adelante, la no violencia es el camino que conduce a la verdadera paz. Poco después apareció otro personaje que, directamente y sin vergüenza, se presentó como un soñador, puesto que decía a los cuatro vientos: “¡He tenido un sueño!”. Martin Luther King soñó con una sociedad de iguales donde las personas no fueran discriminadas por el color de su piel. Pagó con su vida semejante idea. Pero todos parecen coincidir que, en buena parte, su sueño se va cumpliendo, y como muestra, baste la llegada del Obama a la Casa Blanca, el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos. Todo un símbolo.

    Por eso, y dejando ya este repaso histórico, la utopía se define por su imposibilidad y, a la vez, por los frutos que produce. Cuanto menos, la utopía ha servido para ir forjando la conciencia de la humanidad, que no es poco. Pero es que, además, se han conseguido metas, parciales, pequeñas, provisionales, o como se las quiera llamar. Pero metas. Leí una frase de Eduardo Galeano que dice: “La utopía es el horizonte. Caminas dos pasos, ella se aleja dos pasos… ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso: para caminar.

    Así es: la utopía sirve para caminar. Y tomando este símil del camino, se puede decir que la utopía cumple una doble función: señala la meta del camino, y da fuerza para recorrerlo. Efectivamente, en primer lugar, la utopía constituye el horizonte al que queremos llegar, un horizonte que es tomado como guía, como faro, como norte, porque si no hay meta establecida, se acaba dando vueltas en círculos sin llegar a ninguna parte. Es imprescindible tener sueños, ideales, valores, tener propuestas alternativas, para saber hacia dónde nos queremos encaminar. De lo contrario, si terminamos dando vueltas, al final, acabaremos por dejar de andar, cansados. Y aquí entra la segunda función de la utopía: da fuerzas para caminar. Las personas que soñaron utopías son precisamente las que con más ahínco y tesón empeñaron su vida en la consecución de sus sueños. Muchos dejaron en el empeño su vida. Otros, sin llegar a morir físicamente, subordinaron a ese sueño su fortuna, su fama, su familia, sus intereses… Y, aunque tuvieron momentos de desánimo, encontraron en su propio sueño, la energía para seguir adelante. Y es que para caminar no sólo hace falta un hacia dónde: hace falta un por qué.

    Así pues, afirmo que sin utopía carece de todo sentido el compromiso voluntario: ni tiene meta, ni tiene energía. Por tanto, es imprescindible recuperar la utopía en nuestro lenguaje, en nuestros programas, en nuestras acciones, en todo lo que hacemos y somos. Es urgente que seamos personas utópicas. ¿Qué significa que una persona es utópica, qué rasgos la identifican?

    Como mínimo, para ser utópico hace falta no acomodarse al sistema neoliberal y negarse a asumir el estilo de vida dominante. La rebeldía es el primer paso incondicional, la negativa radical a decir con valentía: ¡Éste no es el ideal y me niego a vivir como si lo fuera!

    Fácilmente se advierte que esta negativa se debe traducir en el desarrollo de una actitud crítica, para no acabar diciendo “no porque no”, sin ninguna base ni argumento. La persona utópica ha de estar muy bien informada sobre la realidad, obteniendo datos lo más variados, rigurosos y argumentados que sea posible. Esta información debe acompañarse de una sólida reflexión, acercándose a la realidad a través de análisis profundos y solventes que muestren el funcionamiento del sistema, sus causas y sus consecuencias.

    Mas llega el momento en que la negativa a vivir como nos proponen y la formación crítica deben desembocar en una propuesta de vida alternativa. Es necesario hacer ensayos prácticos de la utopía que soñamos. No sé qué será de esos intentos, no sé si fracasarán, si darán frutos, y si los dan no sé cuándo ni cómo. Pero hay que hacerlo. No cambiaremos todo el mundo de la noche a la mañana, pero nuestras acciones alternativas, por pocas o pequeñas que sean, tienen el poder de sembrar futuro. Nuestro modo de vida alternativo será como una parábola que proclame que es posible una sociedad distinta.

    Llevar a la práctica ejemplos concretos de un mundo alternativo sólo será realidad si de verdad creemos que es posible. Nos han hecho creer que no hay nada que hacer, que toda lucha es inútil, que el sistema es descomunal, invencible. Hay que desenmascarar esta mentira y volver a creer. Sí: creer. Creer que es posible cambiar las cosas si se hacen con autenticidad, con ilusión, con trabajo conjunto y coordinado, con metas, con esperanza. ¡¡Es posible!! No deja de sorprenderme que el lema de Obama, que tanta pasión y esperanza desató en Estado Unidos rezaba “¡Yes, we can!” (¡!Sí, podemos!!). Este es el lema que hemos de recuperar y contagiarnos de la firme esperanza de que ese otro mundo es posible.

    Por último, la persona utópica, hoy más que nunca, debe serlo junto con otras, es decir, debe ser explicitado, con mayor o menor nitidez, un proyecto utópico en el que se reflejen los ideales a alcanzar, los sueños que hemos tenido y que queremos ver hechos realidad. No sé si para OCSI vale con la Carta de Identidad. Quizás haya que concretarla mucho más. Tranquilos, no estoy pidiendo otro debate teórico y eterno sobre las señas de identidad. Lo que pido es que comprobemos que dicha Carta recoge nuestros sueños y, si es así, sin tardanza concretemos dichos sueños de la mejor manera posible. Nuestra Carta de Identidad no está ahí para archivarla y haber cumplido el trámite de dejar claro quienes somos. La Carta de Identidad ha de servir para estimular el debate, potenciar el trabajo, animar a los que desfallecen, sugerir acciones concretas. La Carta de Identidad, si de verdad tenemos un sueño, una utopía, quizás tendría que estar continuamente en nuestro cotidiano existir como miembros de OCSI. Dicha Carta ¿qué refleja: un sueño por el que luchar o un trámite que hubo que pasar?

    Termino. ¡Recuperemos la utopía! La utopía no es algo pasado de moda, la utopía no es un sueño de ingenuos, la utopía no puede ser la molesta invitada de piedra que chafa nuestro rutinario voluntariado encasillado ya en acciones repetidas. Recuperemos la utopía porque ella es dirección hacia la meta, ella es esperanza y fuerza para el compromiso. No sé si algún día la utopía será realidad, con lo cual dejará de ser utopía… No se si, quizás, la utopía nunca se alcance. Lo que si sé es que, si se piensa fríamente, sin utopía nada merece la pena. Así que, gritemos una vez más: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

    José Luis Quirós O.C.S.I.


    2009-05-11 18:18:46
    Título: Lenguaje y resistencia II: Utopía

    jOSE LUIS:

    Me emocionó tu articulo.

    Los adultos a veces nos cansamos de tanta derrota, de tantas veces que nos ilusionamos y no resulta.
    Por eso tu invitacion la recojo. Cada mañana hay que iniciar la vida de nuevo, con la ilusion del primer dia. No veremos esa otra sociedad entera, pero podemos cambiarla aunque sea un poquito, con el efecto mariposa.

    un abrazo
    jose frias
    chile
    jose2frias@hotmail.com


    Escrito por:
    otro utopico resistente

     




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