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    MUJERES JÓVENES EN COLOMBIA: CUERPOS COLONIZADOS, SEXUALIDAD EXPROPIADA.

       Febrero de 2011

    Este artículo ha sido cedido por Marta Restrepo López de la Red Juvenil de Medellín, Colombia. Pertenece a la Escuela de Formación Feminista.

    Constituye el reflejo de la situación que las mujeres colombianas viven en la actualidad bajo la opresión del orden patriarcal/capitalista/violento/moderno, que ha colonizado sus cuerpos y expropiado su sexualidad.

    Tú me quieres virgen

    Tú me quieres santa

    Tú me quieres colonizada

    y por eso, tu me tienes harta.

    Mujeres creando, Bolivia.

    En Colombia las mujeres jóvenes viven bajo la opresión del ego conquiro del orden patriarcal/capitalista/violento/moderno, que ha colonizado sus cuerpos y expropiado su sexualidad.

    La actual conquista del cuerpo de las mujeres jóvenes repite los mismos objetivos de la empresa imperial de la colonización: dominación sexual, sometimiento moral, vaciamiento de la identidad, explotación económica y discriminación racial, entre otros. La actual globalización neoliberal amplió los alcances de esta conquista, los especializó, los sofisticó, los popularizó y los hizo forzosamente cotidianos.

    Hoy en Colombia, los agentes de la colonización sobre las mujeres actúan desde la institucionalidad privada y pública, legal e ilegal, para imponer la maternidad, la monogamia y la heterosexualidad como destino, a la vez que un modelo de belleza mercantil, una subjetividad subalterna y una sexualidad expropiada al servicio de los otros.

    Las iglesias continúan difundiendo la maternidad como oficio sagrado de las mujeres, oponiéndose al cumplimiento de la sentencia de la Corte Constitucional que despenalizó el aborto en Colombia (Sentencia C 355). Esta férrea oposición al derecho a decidir de las mujeres sobre su cuerpo/ su territorio, es la expropiación de la autonomía, la captura de la corporeidad a favor de una maternidad no deseada/ forzada. Al mismo tiempo las iglesias mantienen un discurso de inequidad y subordinación hacia las mujeres, que se traduce en el control de su deseo sexual y en la formación de una feminidad subordinada, servil y reproductiva.

    Los medios de comunicación proponen como únicas opciones de ser mujer la antigua dicotomía: puta o santa. Mujeres que en cualquiera de los dos polos de realización, están sujetas a las expectativas de los otros.

    Las telenovelas basadas en relatos de narcotraficantes y en novelas urbanas que cuentan una versión heroica de quienes delinquen, escenifican a las mujeres según el eterno femenino de ser para los otros, ya sea como prostituta, como madre, como hermana, como novia, como compañera de delitos. A favor de los otros, las mujeres declinan sus proyectos de vida y estos relatos se muestran como ejemplarizantes para todas las espectadoras.

    En estos relatos novelescos se muestra que la vida de las mujeres es irrealizable sin una pareja varón, que representa soporte, seguridad, respaldo, salvación. La familia heterosexual asegura la propiedad de los varones sobre las mujeres, pues la regla de la monogamia solo se les impone a éstas, y violarla puede equivaler a la muerte de la mujer infiel y/o del rival, en el mejor de los casos se presenta una censura moral de la sociedad y el posterior arrepentimiento de la mujer, por el buen nombre del esposo o compañero y la estabilidad familiar.

    La publicidad mercantiliza a las mujeres como objetos comestibles, como sujetas que dan de comer, o en su defecto como ansiosas consumidoras. Mujeres irresistibles: lamerlas, morderlas, palmearlas, golpearlas, suprimirlas, comprarlas; mujeres construidas para la satisfacción del deseo masculino: frágiles, dulces, infantilizadas, emotivas, dependientes, disponibles, etc.; mujeres nutricias: madres abnegadas, hacendosas amas de casa, reinas de la cocina, eficientes lavanderas, ejecutivas de triple jornada, etc.

    La escuela pública continúa siendo un escenario de contención de la juventud y no de realización del deseo y la voluntad de saber. Como escenario de socialización continúa expresando el sexismo y la discriminación social y cultural. A instancias de ésta, las mujeres jóvenes siguen aprendiendo las recetas de la feminidad: recato, pudor, obediencia; para quienes se desvían vendrá el castigo: rechazo, censura, escarmiento. Las jóvenes que se apartan del pacto de sumisión sufren constantes ataques y señalamientos, que van desde definirlas como violentas o marimachos hasta el encasillamiento prejuiciado de su sexualidad. Definir a la disidente de la dominación masculina como lesbiana, es un potente mensaje de persuasión que atemoriza y controla el deseo por fuera de la heterosexualidad.

    Las expectativas de continuar los estudios superiores están negadas para las jóvenes empobrecidas. Ellas ven pronto futuro en una maquila, en el comercio informal, en la servidumbre doméstica, en ser madres a temprana edad con la pretensión de que el embarazo asegurará una pareja y un mejor destino.

    El estado en general, y en los últimos años con la política de seguridad democrática, borró de la agenda pública las violencias que afectan a las mujeres y solo las nombra cuando se relaciona con la familia (hijos, hijas, esposo). Los derechos sexuales y la reproducción de las mujeres desaparecieron de las prioridades del estado y les fueron entregados a las confesiones religiosas, a quienes aplican justicia no desde la constitución, sino desde la biblia y a los medios de comunicación.

    Las violencias contra las mujeres son naturalizadas y/ o justificadas como un mal menor en la confrontación entre el estado, los subversivos y los narcotraficantes.

    La exacerbación de la masculinidad hegemónica invade la vida cotidiana de las mujeres. En sus casas varones con aspiraciones bélicas en el ejército o en las bandas y/o padres abusadores y autoritarios; en las calles, comunidades justificadoras de la violencia y de la eliminación del diferente. Así, para ellas enamorarse “de los chicos malos” no es solo un acto romántico, es también una opción por la supervivencia.

    La subalternidad de las mujeres jóvenes termina por arrinconarlas a la maternidad no deseada. Ellas aprenden desde pequeñas que valen mas si traen consigo otra vida. Algunas solo así pueden huir del sistemático abuso sexual; para otras es la única forma en que recibirán apoyo estatal; otras tantas por primera vez tienen un sueño, otras hasta ahora conocen el afecto de sus familiares, otras apuestan por la vida en pareja como remedio a la soledad… Las causas múltiples, el mismo efecto, vidas truncadas.

    URGENCIA DE FEMINISMO

    Asistimos casi en silencio a la sistemática violación del derecho de las mujeres jóvenes y empobrecidas, a vivir una vida libre de violencias, una sexualidad satisfactoria, a decidir sobre su sexualidad y su reproducción, a realizar sus aspiraciones y alcanzar la felicidad.

    Asistimos a la colonización y la expropiación corporal y moral del sujeto mujer. Nos preguntamos donde esta el feminismo ahora que las jóvenes lo necesitan.

    Sin duda es urgente que el feminismo reivindicativo de paso a un feminismo descolonizado e insumiso que continúe develando que la igualdad formal no ha superado la dominación patriarcal, que esta persiste y se expresa en el estancamiento de las mujeres, obligadas y limitadas a seguir los mandatos de instituciones patriarcales que han capturado el poder político, el poder social, el poder económico, el poder de las leyes, el poder en el ámbito de las relaciones sexo-afectivas, perpetuando la subordinación de las mujeres y dejando intacta la dualidad histórica hombre-dominador y mujer-subordinada, hombre-conquistador y mujer-conquistada.

    Esta hegemonía en el control del poder se mantiene por que la estructura social y cultural del patriarcado continúa dominando las relaciones sociales. Entonces, a pesar de la existencia de tratados y convenciones de DD. HH y del reconocimiento formal, la vida cotidiana de millones de mujeres y niñas en Colombia, continúa atravesada por múltiples y simultáneas formas de violencia y discriminación como la explotación sexual y laboral, la violencia sexual, la heterosexualidad obligatoria, la maternidad impuesta, la división sexual del trabajo y dobles y triples jornadas de trabajo a costa de sus cuerpos, los modelos educativos y los lenguajes sexistas, entre otras.

    El reto para el movimiento feminista, las organizaciones de mujeres, para las mujeres todas, sigue siendo: desobedecer al patriarcado, trabajar por los cambios culturales inaplazables, descentralizar la lucha feminista del ámbito de los derechos, retomar la construcción del sujeto mujer y sus demandas especificas, volver a cuestionar las relaciones de poder capitalistas, racistas, generacionales, androcéntricas, heterocéntricas e interpelar al estado como responsable de las graves violaciones a los derechos humanos de las mujeres.

    Marta Restrepo López

    Escuela de Formación Feminista Red Juvenil de Medellín- Colombia


    Documentos de este artículo:









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